El Pecu

El Roblón es uno de los seres más imponentes de la mitología cántabra: un árbol viviente de forma humana, un gigante incluso más grande y fuerte que el temido Ojáncano. Su origen se remonta a un antiguo roble con una gran oquedad en el tronco, donde, según la leyenda, se refugió una joven durante una tormenta. El calor de su cuerpo despertó al árbol, que la atrapó en un abrazo mortal, absorbiendo su vida y transformándose para siempre.

A partir de entonces, el roble creció de manera desmesurada, robando la savia de los árboles vecinos y adquiriendo rasgos humanos. Cuando alcanzó su tamaño definitivo, arrancó sus raíces de la tierra y comenzó a caminar por los montes, arrasando todo a su paso y alimentándose del agua de fuentes y manantiales.

Las gentes cuentan que fue destruido por campesinos que lo sorprendieron dormido, aunque otros aseguran haber visto su gigantesca silueta vagando aún por valles apartados de Cantabria. Manuel Llano lo describió como un coloso hecho de bosque: cabellos de hierba seca, barbas de brezo, extremidades de distintos árboles y ojos de fuego. De noche, su mirada iluminaba el monte, y su aliento hacía temblar hojas y piedras, sembrando el temor allá por donde pasaba.

En Monte Aa podremos casi sentirlo, porque, no en vano, podremos visitar los restos de «El Cubilón», el que por mucho tiempo fuera el roble más grande de nuestros montes, tristemente destruido hace unos años por un inoportuno rayo.

Relato completo de Manuel LLano

Las mejillas de estos zagales que van caminando por una vereda de cumbre están encendidas. Sus ojos destacan luminosos. (…) Mientras contemplan la huida de los pájaros se ríen de su sobresalto y siguen parlando sin parar, manoteando lo mismo que hacen los azores con las alas cuando empiezan a volar entre sus padres. Después hablan del Roblón.

El Roblón era un gigante que tenía los pelos de yerbas secas, las barbas de brezo, las mandíbulas de roble, la nariz de encina, la frente de haya, las piernas de fresno, los brazos de abedul, los ojos de lumbre. Su jadeo movía las hojas más altas de los árboles y las piedrecitas de los senderos. De noche sus ojos parecían dos llamas redondas, grandes, como si hubiera dos lunas y bajaran al ras del monte de vez en cuando… En el invierno se entretenía derrumbando las cabañas, abría grandes torcas en los caminos, cubría con pedazos de peña los remansos de las fuentes…

Hablan y hablan sin parar.

Mitos. LA BRAÑA