El Pecu

Aunque las escenas mitológicas más conocidas de las anjanas en la Fuentona se las debemos a Juan Sierra Pando, en las obras de Manuel Llano también aparecían las anjanas por Ruente.

 Las anjanas son las hadas benéficas más representativas de la mitología cántabra y una figura clave de su tradición popular. De origen pagano, estas criaturas mágicas están vinculadas a la protección de la naturaleza, especialmente de los bosques, los animales y las aguas. Con el tiempo, la tradición cristiana reinterpretó su figura como seres enviados del cielo para hacer el bien. Según las leyendas, las anjanas son pequeñas (medio metro), bellas (rubias de ojos verdes) y luminosas, con una voz dulce y un aroma inconfundible. Viven cerca de ríos, fuentes y manantiales, en cuevas que adornan como auténticos palacios ocultos en la montaña.

Las anjanas poseen poderes mágicos que utilizan siempre con fines benéficos: curan enfermedades, guían a los caminantes, se transforman para poner a prueba a los humanos y recompensan las buenas acciones. Portan un bastón coronado por una estrella con el que iluminan la noche, calman a los animales y hacen brotar nuevas fuentes. En la mitología cántabra representan el eje del bien y se enfrentan a los ojáncanos, seres malignos que simbolizan la destrucción. Su figura refleja el profundo vínculo entre la cultura cántabra, la naturaleza y los valores de solidaridad, respeto y protección del entorno.

Los textos de Manuel Llano las sitúa en muy diferentes lugares del valle, destacando las de Carmona, Los Tojos, Viaña y las más conocidas, las de Ruente.

Relato completo de Manuel LLano

En Ruente había unas anjanas que eran mu chicas y dormían las noches de primavera y veranu debajo los jelechos.

(…)

Enrica Gómez, 64 años, de Terán que vive actualmente en Rúente, cuenta que

«La última anjana se murió jaz más de cien años, pos la alcontraron aterecía a la orilla del ríu.

La bisagüela de mi padre alcontró una vez a una, arrimauca a una árguma con un vestíu blancu y una coronuca de flores. En cuantu lu vió se escapó de una correndiá, dijendo con una voz mu floja lo que dicían toas las anjanas cuando se alcontraban con los hombres:

Dios me jizo

pa jacer el bien

de noche y de día.

Que tengas alegría

pa toa la vida

si no me jaces mal.

Que Dios te castigue

con el tou su poder

si no me dejas golver.

El bisagüelu de mi padre no se metió con ella y dejóla en un cantu un peazu de borona y un torreznu pa que cumiera.

Las anjanas estaban vestías con un hábitu blancu, con unas pintucas relumbrantes que paecían estrellas. Tenían la cara igual que las personas, pero más descoloría. En la primavera cogían ñores pa jacese unas coronas mu majas y en el inviernu se atotogaban con una capuca negra con puntucos blancos.

Usaban una picaya de espinu y tenían en la frente una cruz encarná, como la mesma sangre. Cuando se perdía daque vaca na más que ir al monte y decir cuatro veces

Anjanuca, anjanuca

güeña y floría,

lucero de alegría,

¿dónde está la mi vacuca?

Y si el que había perdíu la vaca era güenu y daba limosna a les probes y posa al peregrinu, se le apaecía la anjana y le dicía con la picaya el senderu por onde tenía que ir pa alcontrar la vaca.

Cuando se perdía alguna oveja había que decir:

Anjana bendecía,

güélveme la oveja perdía.

Cuando daque persona se perdía en el monte por la niebla dicía media docena de veces estas palabras:

«Anjana blanca, ten piedá de mí. Guíame por la oscuridá y por la niebla. Líbrame de los peligros y de los malos pensamientos.»

En cuantu se dicían estas palabras, apaecía la anjana, le agarraba a unu de la mano y le llevaba al güen caminu,.

(…)

Tós los domingos se juntaban las anjanas en daque braña y cantaban unas cosas mu majas. Dimpués, se besaban las unas con las otras jasta el otru domingo, si jacía sol.. Si no jacía sol, no se ajuntaban.

La anjana más grande era como un poca más de media vara. El hábitu blancu lu jacían con la lana que dejaban en los escajales las ovejas blancas; y la capa, con la lana de las ovejas negras.

Cuándo algún críu se ponía malu de algún mal de oju de daque brujona, la anjana le ponía güenu tocándole con la picayuca en el lau del corazón.

Una maldición de las anjanas jacía llorar desconsolaos a los maldecios que las habían jechu algún mal; pero luego los perdonaban si se arrepintían y se jincaban un ratucu por onde ellas pasaban»

La última» anjana que se murió era una viejuca y andaba agacha y mu despaciucu. El día que apaeció muerta, a la orilla del ríu, diz que no salió el sol en tou el día.

Las anjanas. RABEL