El Pecu El Pecu es una de las figuras más curiosas del folclore cántabro. Aunque se le considera un ave, la tradición oral que Manuel Llano recoge por Sopeña cuenta que en realidad fue un niño travieso y desobediente que se negó a ir a la escuela. Tan poco interés mostró por aprender que solo llegó a conocer dos letras: la “p” y la “q”. Su mala conducta y su rebeldía provocaron la ira de Dios, que acabó maldiciéndolo y transformándolo en un pájaro. Desde entonces, convertido en cuclillo, no canta “cu-cu” como los demás, sino “pe-cu”, sonido que le dio su nombre.

Cada primavera, el Pecu regresa a Cantabria para cumplir su particular misión: anunciar la llegada de la estación y predecir el destino amoroso de las jóvenes. Según la creencia popular, este pájaro es capaz de saber qué mozas se casarán y cuáles no, aunque disfruta confundiendo y castigando, especialmente a las mujeres. Por ello, al comenzar la primavera, las jóvenes suben al monte en su busca y, cuando lo ven posado en un árbol, le preguntan con voz dulce cuántos años faltan para su boda. El número de cantos del Pecu marca la respuesta, aunque, como nunca aprendió a contar y siente especial animadversión por las mozas, sus predicciones no siempre son fiables. Así, esta leyenda mezcla humor, misterio y tradición, formando parte del rico patrimonio oral de Cantabria.

Relato completo de Manuel LLano

Concepción Gómez Seco, de 67 años vivía en Sopeña y decía:

¡El pecu! Mal añu pa él y pa toa la su casta. Esi demoñu de pájarón, que diz la su cantata en las quimas más altas de las encinas y de los abedules, dicía a probe mi güela, que santa gloria haiga, que había síu una persona como nosotros, hiju de maldición de un jarineru y de una moza endemoniá, con muchu vientu en la cabeza.

EL jarineru, alampau por la solenguana de los caudales, a juerza de robar maquilas, jízose ricu como un indianu, dejando probes de tóo a los vecinos que molían en el su molinu. La mujer del jarineru, que arrepañaba tóo lo que podía pa lucir los vestios y los adornos de las señoronas enriquecías, cuando dejó las maquilas jizo una casa con lo que habían robau a los probes, escundiendo en el soberau las talegas onde guardaba las onzas de oru.

El su hombre, relochu de tóo, quemó en un caleru tós los melanes blanqueaos por la jarina y vistióse como un señorón, lo mesniu que la su mujer.

Esto jué jaz muchos años, cuando Sopeña era pueblu chicucu con dos o tres curruliegas y la ermita de Santana al lau de la riguera.

Dios Nuestro Señor, que está en toas las partes y ve onque sea  en la cueva más oscura, castigó las fantesías endemoniás de los jarineros. El hiju que tuvieron nació viroju, con una oreja más grande que la otra y con nueve déos en la mano derecha y dos, mu grandes y mu gordos, en la izquierda. En metá de la frente, tenía un bultón con una puntuca blanca y al lau de la nariz un lunar grandísimu, con unos pelones encrespaos como los de un majoma de tasugu.

El indinu nació con mal aquel en el cuerpu. Desde chicucu, no tenía más divirsión que cortar los maíces resallaos y matar a los pájaros en carnucas, y a las mariposas, y a las probes golondrinas.

Era el pecahiju más malu que un pecau mortal. También despeñó a unas infelices vacas que pacían en el «Sel de Jonso», y soterró en la orilla del ríu a unas cuantas ovejas dempués de matalas con una porra.

Los sus padres, alelaos con los caudales que robaron en el molinu, se reían como tontos de los males que jacía el su hiju.

Cuando jué a la escuela, no podía aprender ná. Era desaplicau  pa el abecedariu y ná más que aprendió la p y la q. Por eso diz «pe- cu, pecu», cuando canta.

Un día, púsose relochu de tóo y pegó al maestru y ajogó a un críu y jizo peazos las estampas que estaban colgás en la paré de la escuela.

Entonces, Dios Nuestro Señor, pa castigar a los jarineros y al su críu, jizo que esti se convirtiera en pájaru y dijera pa sécula seculorun, las dos letras que aprindió en la escuela.

El jarineru y la jarinera se golvieron locos, y dicía mi güela que la casa que jicieron la quemó un rayu una noche de tormenta.

Dios mos libre de las malas intenciones, de coger lo que no es nuestru y de tós los pensamientos malos. En esti mundu tóo se paga y el que es malu tien su castigu en la vida y dimpués de la muerte.